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miércoles, 14 de septiembre de 2016

COLECCIÓN MARAVILLA (Bergis Mundial, 1946)


Editorial: Bergis Mundial
Año: 1946
Ejemplares:  3?
Dibujos:  R. Bataller...
Guión:  R. Bataller...
Tamaño:  17 x 24 cm. 
Páginas:  16 + Cubiertas
Precio:  1 pta.



En alguna entrada anterior hemos comentado la complejidad editora que siguió Bergis Mundial en su amanecer al medio. En el corto espacio de tiempo que estuvo en activo su producción sufrió no pocas incoherencias conceptuales. Muchas colecciones –o proyectos de ellas--, pero ninguna diseñada desde los criterios que había establecido el sector. Esto es: cabecera reconocible o protagonista, dibujante fijo, temática, etc. Todo en Bergis Mundial fue pura improvisación, a pesar de su intento por separar sus colecciones o series mediante logotipos definitorios que encerraban nombres como Colección de ﷽﷽﷽﷽﷽﷽﷽erio que el coemtadoadasejemplres--  un perosnaje fijo, que un cuaderno infantil. Todo muy raro y muy poco estructuradAventuras, Policíaca, Diversa, Selecta, Audaz…, y la que aquí presentamos, la Colección Maravilla. No obstante, como decíamos, cada una de esas cabeceras –salvo excepciones--, lo mismo daba cobijo a un cuento de hadas, que a un personaje fijo aventurero, o a uno infantil. Todo muy atípico y muy poco estructurado.
Quizá en esta colección –o intento de ella, pues sólo hemos podido contabilizar tres ejemplares— sí mantuvo algo más de criterio. Aparentemente fue proyectada en el espacio del cuento popular, pero formalmente se quedó a medias. Tan sólo los dos cuadernos firmados por el personalísimo y delicioso R. Bataller (El Intrépido Nanín y El Pozo de los Enanitos) mantenían el código apropiado. Pero no así el tercero (El Dragón de las Siete Cabezas), cuya factura gráfica tuvo carácter realista, un cuaderno de aventureras en toda regla del que no ha sido posible descifrar autoría. 

Como decimos, todo un desorden difícil de entender hoy día. Pero, eso sí, un desorden delicioso que compone uno de los legados más atípicos y peliagudos de ver de todo el catálogo del tebeo español. 
Algunos dorsos lucieron vistosos recortables que fueron firmados por Amaya. 



viernes, 26 de agosto de 2016

LA MANO QUE APRIETA (Grafidea, 1948)


Editorial: Grafidea
Año: 1948
Ejemplares:  12
Dibujos:  Martínez Osete
Guión:  Federico Amorós
Tamaño:  16 x 22 cm. 
Páginas:  10 + Cubiertas
Precio:  1 pta.


El terror amarillo era ya algo recurrente en Grafidea cuando ésta decidió poner en circulación la presente cabecera. La Mano que Aprieta era –si los datos que manejamos no fallan— la cuarta colección de la editorial basada en esa atmósfera de misteriosos chinos de loco y perverso proceder. Todas ellas aparecidas en un periodo de cuatro o cinco años: Navarro y Cristina (1944), La Daga Roja (1947), El Capitán Sol (1948) y la que aquí abordamos. Ninguna de las tres primeras había logrado sobrevivir más allá de diez entregas, lo que hace aún más extraño la insistencia de la editora en esta vía argumental.
El cine de jornadas había encumbrado a Fu Manchú como el gran malvado. Otro personaje popular del cine y la novela era el detective norteamericano de origen oriental Charlie Chang. El poder amarillo estaba por ese tiempo más presente que nunca en los medios de entretenimiento y Grafidea intento experimentar de nuevo con él. Pero esta vez proponiendo un giro nominativo a todas luces impensable: en lugar de titular la colección con el nombre del justiciero protagonista, se decantó por el antagonista, al que bautizó como La Mano que Aprieta. Un guiño claro al cine de jornadas sin mayor justificación que aprovechar la notoriedad de título tan sugerente –la cinta también fue titulada Los Misterios de Nueva York, 1936). Bien es verdad que la colección pudo haber sido bautizada con cualquier otro apelativo, porque los apretones de mano del malvado fueron nulos, salvo un intento del estrangulamiento a su propia hija. Lo que si tuvo en las manos fue un arma poderosísima, que irradiaba rayos paralizadores a su voluntad.  
La Mano que Aprieta era en realidad Wu-Chang: “la figura más temible de los tiempos modernos que con su odio, su poder y su magia negra llegó a estremecer al mundo.”, según expresaba la introducción del primer cuaderno. Un personaje malo a rabiar que detestaba a la humanidad con ardor enfermizo.
Frente a él y su banda, entre las que destacaban doce reinas –en los cuadernos consultados sólo hemos podido constatar una de ellas, la reina de la maldad-- estaba el protagonista principal: un comisario de policía llamado Nick Conway y su ayudante Miko, un divertido gordinflón que se deshacía de los malhechores a barrigazos.
Era el tercer o cuarto trabajo realista de Martínez Osete, quien aún andaba dándole vueltas a su cuajo creador, aunque haya que reconocer que a esas alturas su trabajo tenía mucho de entrañable. Federico Amorós, que por entonces venía colaborando con Grafidea desde que ésta le confiara el guión de El Jinete Fantasma un año atrás, fue el responsable de la historia, con un punto de humor –especialmente en el barrigudo Miko-- y un mucho de fantasía desordenada.

Doce fueron los cuadernos publicados. Lo que no hemos podido comprobar es si la colección concluyó en el cuaderno núm. 12 o quedó suspendida.





Portada del cuaderno núm. 6




















Página interior inicial de núm. 1

(Reproducciones realizadas a partir de las pruebas de imprenta originales)






viernes, 27 de mayo de 2016

LUCHA DE RAZAS (Marco, 1952)





Editorial: Marco
Año: 1952
Ejemplares:  60
Dibujos:  Martínez Osete
Guión:  J. B. Artés
Tamaño:  17 x 24 cm. 
Páginas:  10 + Cubiertas
Precio:  1 pta.


Colección editada por Marco en 1952, una época de plena ebullición sectorial y en la que los personajes del tebeo eran claramente definidos en toda su dimensión. No parecía una buena estrategia poner en el mercado una colección sin héroe específico, sin que éste diera cobertura nominativa a la publicación. Editorial Marco lo sabía, de hecho todas sus colecciones de esos años se amparaban en un héroe concreto: El Puma, Red Dixon, El Príncipe Dani, Castor el Invencible, etc. Sin embargo no sucedió así con esta colección, entre otras cosas porque la lucha entre pieles rojas y blancos venía siendo un argumento recurrente en la editora.

Primero fue una colección de relatos folletinescos (principios de los años 30) titulada Pieles Rojas contra Blancos; colección que fue acompañada por un antetítulo revelador: Lucha de Razas. Más tarde, ya en los años 40, en 1945, para ser precisos, y dentro de la revista Mundo Infantil, volvería a repetir –esta vez en forma de historieta y con Boixcar en la parte gráfica— con relatos seriados de idéntico título: Pieles Rojas contra Blancos.

Así pues, con la presente colección Marco apostaba de nuevo por una cabecera de ciertas garantías. No sólo por la experiencia ya vivida, sino porque el cine y la literatura popular habían ido labrado un caldo de cultivo muy propicio a esa atmósfera de gresca entre indios y cowboys.

Fue parcelada en tres series (24 + 24 + 12), lo que hacía un total de 60 cuadernos. Cada uno protagonizado por un personaje distinto: Wennonga, Satanta y Caballo Negro, respectivamente. Martínez Osete, que sin duda se encontraba en un buen momento creador, hizo un trabajo limpio y honesto, como en él era habitual. El guión fue obra de su cuñado J. B. Artés (Joaquín Berenguer Artés).

La introducción del primer cuaderno decía así: A través de estos episodios queremos dar a conocer la historia de las grandes naciones indias hoy casi extinguidas. En los sucesivos cuadernos que se irán publicando conoceréis en forma gráfica las costumbres y hazañas de los mohicanos, hurones, cree, iroqueses, cheroquees, shawnees, choctaws, osages, pawnees, dakotas, cheyennes, kiowas, comanches, apaches, chiricahua, navajos, etc.” Una promesa sin duda excesiva, aunque por la colección desfilaron un muestrario de indios de lo más diverso.


Aunque no hemos podido comprobarlo, es más que probable que la presente colección estuviese basada en los folletines aparecidos dos décadas atrás. Al menos así se desprende de la leyenda “Adaptación Gráfica” que figuró en la cabecera. Aunque también sabemos que J. B. Artés participó de la misma, suponemos que como adaptador.  






















Portada y página interior del cuaderno núm. 1